martes, 19 de junio de 2018

Inculto el cuerpo (I parte)

Me doy cuenta de que, cansados ya, supongo, de hablar de corrupción, recortes, telefonía móvil y de tanto vídeo de gente haciendo el chorra, estamos viviendo una corriente en que se habla mucho de lo que cuidamos nuestra salud. De repente, y no sé cuándo empezó esto, la gente se cuida. O hace como que se cuida. O al menos se mira más. Quien no va al gimnasio sale a correr, o juega al pádel, o hace TRX en el pasillo de su casa… o todo a la vez. Pero no sólo la gente joven, no. La sala de máquinas de mi gym está llena de señoras jubiladas que tal como terminan con la bicicleta estática se meten en clase de zumba, aquafitness o bailes regionales si hace falta. Pero tiene sentido. No hace tanto tiempo una mujer de más de 65 años tenía aspecto de anciana (y ya si vestía de luto y llevaba un roete, se le podían echar diez años más encima tranquilamente) y sin embargo ahora, muestran sin complejos sus carnes y cicatrices de haber vivido, dando muestra de que aún les quedan muchos saltos que dar. Bien. Motivo uno para cuidarse: llegar a vieja con el menor número de achaques posibles. Pensad que tendremos que trabajar hasta el día del juicio final y sería buena cosa lucir un físico lo más presentable posible…

Además de a las personas más mayores, también observo a la gente jovencita que va a hacer su rutina deportiva con la amiguita o el amiguito (porque ir solos da mogollón de palo, tía), a hacer el suricato. De entre las máquinas de pesas, alargan el cuello oteando si hay alguien por el que merezca la pena pagar la cuota mensual. “Sólo hay viejos” – pensarán. Pues sí. A mí también me meten en ese saco. Cuando te crees estupenda haciendo ya la tercera serie de tríceps, va un chaval y te pregunta: “Disculpe, ¿le queda mucho?”. - “¿Para dejar de ser una señora que se cree joven, quieres decir, muchacho?” – lo pienso, pero me callo. Segundo motivo para estar en forma: conocer gente. Muchas miraditas y sonrisitas de falsa complicidad acompañadas de preguntas tipo ¿sabes cómo va esa máquina? ¿Necesitas ayuda? ¿Nos turnamos? Hombres avispados que se colocan detrás de las chicas guapas en la clase de spinning o gap para tener un punto visual fijo (para no marearse, no penséis mal). Será por eso que siempre me ha gustado nadar. No hay conversación posible y si alguien te espera al final de la calle aguardando a que pares un poco, tienes la opción de hacer un viraje y seguir nadando (ojo: se debe estar seguro de que aguantarás 25 metros más con dignidad y sin que los pulmones se te salgan por la boca).

Entre los dos grupos de población mencionados, nos encontramos con ese estrato medio que comprende entre los 25 y los 45 años y cuyo motivo número tres para cuidarse nos une: el por si acaso. Los solteros “por si acaso ligan”, los emparejados “por si acaso me dejan”, los casados “por si acaso me divorcio”, los con hijos “por si acaso me descuido y me ocurre alguna de las anteriores opciones”. Varias generaciones en que al fracaso sentimental lo hemos adoptado como parte de nuestra idiosincrasia. Como los phoskitos o la colonia Chispas. No sé por qué, pero cada día oigo más casos de gente que se separa después de toda la vida, parejas con hijos (hijos muy pequeños incluso), matrimonios que no duran nada, compromisos que se rompen prematuramente… así somos. No aguantamos lo que no coincida con lo que nosotros pensamos, y lo queremos todo. Todo lo bueno, claro está. Las penas se las cuenta usted a otro. Ciertamente, en la antigüedad las parejas nobles se casaban para perpetuar el nombre de la familia y aunar riquezas. Pero ahora que somos todos clase media-baja-empobrecida, ¿para qué casarse? ¿Para aunar trampas? “Yo puedo aportar una hipoteca faraónica de un piso que compré durante la burbuja inmobiliaria”- “De acuerdo, veo tu hipoteca y subo a la letra del coche, la del crédito personal y la manutención de mis dos hijos menores (uno aún gatea)”. Genial!!! “Bueno, pensándolo mejor, cada uno en su casa y si quieres algo, silba. Que ya veré si voy”.

Generación cansada. Trabajamos para ganar poco, cada vez menos. Hastiados de no verle el color a tantos años de estudios y de que siga el insidioso “auxiliar administrativo” figurando en tu contrato, aunque seas mando intermedio… Lo que ganamos lo gastamos en ocio: viajes, salidas, moda, tecnología… y el gimnasio, ¡claro! ¿Qué ganas vamos a tener de asumir responsabilidades si nos negamos a renunciar a la vida que llevamos desde los 20? Y pasan los años. Y estamos muy guapos. Y recuperamos el tono muscular. Y nos vemos muy bien. Y todavía gustamos. Y eso es un problema. Oferta y demanda. Tan simple como eso. Muchos solteros, más mercado, más clientes. Más solteros que buscan solteros. Con mochila, sí. Pero total, tú en tu casa, yo en la mía, lo que dure, dura… ¿Para qué comprar la vaca si se puede tener la leche gratis? Compromiso cero.

Y ¿por qué venía esto? Ah, sí, que nos cuidamos… “Por salud”. Pues vale. Aceptamos barco. Algo me da que si todos fuéramos ciegos no nos preocuparíamos tanto de las barrigas, los solomillos laterales o las alas de murciélago. La belleza está el interior, ¿no? Sí, en el interior de unos vaqueros de la 36. Hay quien dirá: pues no, yo me cuido para gustarme a mí mismo. Yo no sé vosotros, pero yo me gusto mucho tumbada en el sofá con una bolsa de patatas de D. Sancho Melero (no me pagan ni nada por hacerle publicidad, pero es que son las mejores), una cerveza y de postre una tarrina de medio kilo de helado mientras amortizo el Netflix (este tampoco me paga, pero ¿qué digo? Una plataforma de streaming de contenido multimedia…. ZZZzzzz). Pues eso. Yo así no me gusto, no. Me idolatro. Me sale la serotonina por las orejas. Y os aseguro que, si no quisiera atraer físicamente al macho de mi manada, ni tuviera que meterme en la ropa que tengo en el armario, ni aparecer en sitios públicos donde ser víctima de miradas descaradas y lenguas viperinas, me iba a importar un higo que me sobraran tres o cuatro kilos.


Hoy la vida te enseña que, indudablemente, cuidar nuestro cuerpo es una obligación, pero estar sano no implica ser físicamente atractivo, que es a lo que aspiramos en esta sociedad presumida, y que algún día asumiremos nuestra edad y miraremos más hacia dentro que hacia fuera. Viviremos más serenos, pero no estaremos tan estupendos.



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