martes, 10 de abril de 2018

Hasta luego, Señor Apego


En un intento de hacer sitio en mi casa, he decidido dar el paso, de una vez por todas, de deshacerme de todo lo que no sea necesario. Entiéndase como innecesario: objetos inservibles, montañas de papeles, trastos del tiempo de Mari Castaña, y toda clase de cosas que no buscaría conscientemente, porque no sé ni cómo han sobrevivido hasta el día de hoy.

El capítulo de la ropa que no me pongo, hace tiempo que lo superé en un ataque de Feng Shui y, en vez de hacer lo que está de moda, que es intentar venderla en páginas de segunda mano, lo doné todo, con el objetivo de que pudiera servirle a alguien que lo necesitara (o necesitara el dinero tras venderla en Wallapop). El caso es que con la ropa ya soy implacable. Cosa que no uso, no es de mi talla o simplemente me queda como a un santo dos pistolas, va fuera. Fue una pena deshacerme (hace bien poco) de camisetas que mi madre me compró cuando estaba en la EGB o aquel pantalón de chándal modelo stripper con corchetes a los lados con el que hacía como que corría en las clases de educación física en el instituto. Aún conservaba los imperdibles que les coloqué en los bajos para que no se me abrieran, dejando a la vista los calcetines. Sigo pensando que ahí faltaba un corchete.

Heme aquí: en mi taller-estudio-cajón desastre. Mi pesadilla. Debo decir que yo provengo de una larga estirpe de acumuladores. Así es. Familiares de primer y segundo grado de consanguinidad a los que no se les recuerda deshaciéndose de nada que pueda salvarse gracias a una suerte de frases mágicas que comienzan por “esto puede servir para”, “está nuevo”, “esto se arregla”, “son recuerdos” ¡AJÁ!  STOP. Aquí nos detenemos. Hemos dado con el quid de la cuestión. Cuando no hay escapatoria y nos resistimos a tirar algo, apelamos al recuerdo, al supuesto valor sentimental que nos hace incapaces de desprendernos de un objeto.

Como una finca o un Mercedes no me dejan de herencia, he sacado este pseudo síndrome de Diógenes emocional. No pocas veces a lo largo de mi vida, me han entrado ganas de meterlo todo en cajas, sin mirar, indiscriminadamente, y dejarlas en el contenedor para experimentar qué se siente. Son sólo objetos, y sin embargo nos aferramos a ellos como si formaran parte de nuestra anatomía.

¿Pará qué tengo aún los apuntes de las carreras? Alguien puede decir, pues para consultar si tienes dudas. PPPP. ¡ERROR! ¿Qué dudas? Hay una cosa maravillosa llamada Internet que está en constante actualización, y no mis trabajos basados en leyes que no dejan de sufrir modificaciones. Pero ¿y los AZs llenos de apuntes inconexos del BUP? Aún peor, ¡¡los cuadernillos de plástica del colegio!! ¿Qué clase de enfermedad mental tengo? Esto sólo puede significar una cosa: que he estado 28 años de mi vida estudiando y nunca me he deshecho de nada, so pretexto de que “me puede servir”.  

El hilo de cordura que me une al mundo del ser racional, me dice que con cariño y sin ser presa de la nostalgia, una tarde, me dedique a mirar las cosas que escribía, mis tan afamados resúmenes para los exámenes de la universidad, mis dibujos, mis diplomas, los apuntes llenos de corazones y frases lapidarias dignas de cualquier puerta de wc, las carpetas forradas con ídolos de la época (hoy ya decrépitos y fondones), la montaña de revistas de El Jueves que tantas horas de tren me han hecho reír… y una vez mirado todo, que me quede sólo con una caja donde meter cosas que dentro de 20 años me sacarán una sonrisa y me trasportarán a un tiempo en que acumulé logros y fracasos, pero que me recuerde todo lo que aprendí durante mis años de estudiante. Y lo demás, ¡a la basura! Qué bien, qué relajación. Maravillosa sensación de haberte quitado una losa de encima. Ojalá fuera todo tan fácil, ¿no? Lo cierto es que lo es, pero como de costumbre, nos lo impide el miedo.

Más allá de apuntes y libros de texto anticuados, los humanos tenemos querencia a acumular lo que yo llamo “recortes de felicidad”. Como quien recorta piezas de revistas y se hace un collage. Se suele dar con más intensidad en los comienzos de una relación de pareja. Entradas de cine o de un museo, la tarjeta de visita de un restaurante, mapas de ciudades, el botecito de champú del primer hotel juntos, notitas con mensajes que hacen esbozar sonrisas, las hojas secas de una rosa regalada, el díptico de la Catedral de Burgos… no sé. Un sinfín de detalles que atesoramos y no sabemos bien el porqué.  

Mi teoría pasa porque nos agarramos a esos recuerdos por miedo a que no vuelvan a repetirse: “Qué feliz fui ese día en Mijas Pueblo. Por si no siento de nuevo esa sensación, me guardo el ticket del burro-taxi para que, al mirarlo, recuerde la felicidad que sentí”. Eso está muy bien siempre y cuando no te hayas peleado con la persona con la que fuiste o sigas manteniendo ese nivel de alegría en tu mundana vida. De lo contrario, la lectura sería muy diferente: “qué feliz fui con ese cretino y ahora que estoy sola, que infeliz soy”. Y miras el ticket y te arrepientes de haberlo guardado. Pero no lo tiras. Porque ahora tus recuerdos, tus recortes, son lo único que tienes de esa relación y si te deshaces de ellos, tendrás que asumir que se ha acabado. Pasa el tiempo y asumes que ya es historia. Pero los retales siguen ahí. En una caja cerrada y escondida. Pero en tu casa. En tu mente, en realidad. ¿Por qué? Porque tienes miedo a no volver a sentir esa felicidad. Porque tenemos miedo de lo que venga. De lo nuevo. Siempre pensamos que el pasado fue mejor. Que con Pepito de Cuadros fuiste tan feliz, que nunca lo volverás a ser de igual forma. Lo disfrazamos de cariño o de amor, pero en muchos casos es la simple de idea de vernos solos la que nos hace resistirnos a que una historia se acabe, porque sabemos que detrás nos aguarda la ansiedad y la desolación ante la pérdida. Es humano protegerse de aquello que pensamos que nos hará sufrir. Pero el sentimiento no se puede fabricar. Igual que nos negamos a estar con quien no nos gusta (por mucho que se curre el cortejo), tampoco podemos obligar a nadie a que nos quiera o a que se quede a nuestro lado si no lo siente así. Si alguien no es feliz, debe marcharse. Ya sé, el sentimiento de abandono se te clava como un balonazo en el estómago. No lo quieres asumir, pero debes aceptar la marcha de quien no se encuentra a gusto. Igual que cuando has dejado tú, has mirado por ti y has seguido tu camino. No nos queda otra. Y no somos peores ni mejores. No es una cuestión de buenos y malos. Simplemente estamos condenados a ser felices y perseguimos continuamente ese estado de bienestar hasta encontrarlo, y de donde ya no queramos movernos (hasta que esa sensación desaparezca de nuevo, claro).

Tenemos una tendencia natural a desear que nada cambie y que nuestra realidad permanezca tal y como la conocemos. Y todo porque nos resistimos a lo que está por venir. Nos asusta que no nos guste lo nuevo, y por eso lo rechazamos sistemáticamente. No confiamos en lo que la vida nos tiene preparado. Pero no importa porque, aunque no creamos en el universo, el universo sí cree en nosotros. Así que todo lo que está por llegar, será para bien. Y siempre para aprender.


Hoy La vida te enseña que el desapego proporciona una sensación de liberación en el que te das cuenta de que no necesitas nada, sólo a ti mismo. Pero para eso, hay que tirar bolsas llenas de momentos, cajas de rencores, y montones de cartas cuyas palabras están ya huecas de sentido, y de esta forma, dejaremos espacio para que venga lo mejor.

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