miércoles, 29 de noviembre de 2017

Fotoshock

Como si el ritmo de vida que llevo me dejara mucho tiempo para dejar volar mi creatividad, me hallo empantanada en un proyecto decorativo fotográfico para mi hogar. Ahora se llama un DIY (Do It Yourself - hazlo tú mismo), pero hace diez años eso eran manualidades, de toda la vida. Lo que pasa que ahora esa palabra ha quedado para niños de preescolar que hacen regalos para el día de la madre, o señoras metidas en años pintando figuritas de escayola con témperas.

El caso es que para llevarlo a cabo he tenido que tirar de mi propia hemeroteca. Esto implica desempolvar los clásicos álbumes de tapas burdeos y marrones, compuesto de hojas pegajosas con fondo de rayitas o granito minúsculo.

Tras capturar fotos de bebé con pijamas ochenteros, carritos sin dirección asistida ni ABS, y alguna papilla restregada por la cara, pasamos a los cumpleaños y regalos de Reyes en la tierna infancia. Yo nunca me pude quejar en ese aspecto. Teniendo en cuenta que Sus Majestades tenían que subir cuatro pisos sin ascensor, yo les estaba tremendamente agradecida. Me daba gran alegría ver cómo de los tres cubos de fregar llenos de agua que dejaba en la terraza, los camellos se habían bebido más de la mitad. El año que me trajeron el futbolín, bebieron más.

Fotos de pubertad con aparato en los dientes, primeras gafas graduadas y vestigios de niña aplicada en la escuela, me hacen recordar esos tiempos con cierta paz. Sin embargo, la guerra no tardó en llegar. Malas notas en el instituto, radicales cambios de look, tardes en los billares y mucha luz de bareto enturbian mi mente casi tanto como el polvo de los años acumulado en esas hojas amarillentas.

Algunos de los plásticos que las cubren han sido pegados y despegados tantas veces que sus fotos caen al vacío como piezas de Tetris. Ni la pobre cinta scotch es capaz de subsanar las idas y venidas durante años de retratos donde aparecían personas que entraban y salían de mi vida. Como ese novio del instituto, cuyas fotos guardaba en una caja cada vez que nos peleábamos. "Así aprenderá" – supongo que pensaba yo en aquellas. Después, cuando hacíamos las paces a los dos días, las fotos eran puestas en libertad y devueltas a su hoja pegajosa.

Otras, en cambio, no corrieron la misma suerte, y aún se notan las calvas que dejaron en el álbum. Sin embargo, el pellizco en el estómago viene en forma de fotos mutiladas. Esas a las que les falta un trozo. Pero nada de un corte limpio con tijeras de caja de costura. No. Los restos blanquitos en el borde muestran que fue arrancada con las manos la parte en la que salía la que fuera tu mejor amiga, la cual te engañó vilmente durante cuatro meses mientras se veía a escondidas con tu exnovio. Pero ¿quién se acuerda ya de eso? (un saludo por si me está leyendo, que con esto de las redes sociales, nunca se sabe, oye). Lo más parecido a una venganza semejante hoy en día, sería borrar a ese alguien malévolo de tu lista de amigos de Facebook. Pero el desahogo de esta manera dura un segundo. No es el mismo deporte.

Para los que, como yo, hemos tenido que pasar de darle vueltas al casete con un boli bic a poseer teléfonos sin botones, el paso al mundo de la fotografía digital fue maravilloso. Sobre todo para mí, que en mi pandilla era de las pocas que se llevaba la cámara de carrete a todas partes y luego, como tonta, repartía una copia pequeñita para que mis amigos tuvieran un recuerdo. Así que la simple idea de que iba a dejar de gastarme una pasta en revelados me llevó a hacerme con una cámara digital en cuanto pude. (Vale, sí, papá, me la regalaste tú).

Y como Karina, he removido en mi baúl con forma de disco duro extraíble, miles de fotos desde el año 2004 hasta nuestros tiempos. Ahora que lo analizo, hubiera sido buena idea no guardar tan pronto la cámara analógica, si comparamos la calidad que tenían mis fotos con 15 años con las primeras digitales. Con un dominio mínimo del aparato no controlaba bien el enfoque, el flash, el modo noche, los ojos rojos... algunas fotos tienen más granos que la paella del domingo. No como ahora, que un niño de 12 años en el zoo hace fotos con su iphone y salen listas para enviarlas al National Geographic.

De los tiempos más recientes tengo muchas más fotos, claro está. Pero no son tan auténticas como las de antaño. Se sabe que detrás de una foto tirada con el móvil, hay un mínimo de tres intentos fallidos. Vas modificando la postura hasta que das con la que te encuentras satisfecha. Cero naturalidad. Expresiones forzadas y apariencia constante de felicidad. Y todo, ¿para qué? Será eso que llaman ”postureo” y esa imperiosa necesidad de aparentar una vida ideal.

Posiblemente yo pertenezca a una de las últimas generaciones que ha podido tener una vida privada de verdad. Afortunadamente, nuestras fotos de bebé no han sido publicadas en Instagram, ni nuestros amigos nos han etiquetado en fotos de borracheras adolescentes, cosa de lo que me alegro profundamente. La intimidad ha perdido su valor en la sociedad. Todo vale y todo es publicable, quieras o no. Es una suerte poder elegir si abres un álbum para ver tus fotos. Si te hacen bien o mal. Si las tiras o las guardas. Y no que el Facebook te recuerde qué andabas haciendo tiempo atrás tal día como hoy. Las redes sociales no dejan de ser un pozo sin fondo donde van a parar momentos de nuestras vidas que estamos condenados a revivir. ¿Hay necesidad de que alguien te etiquete en una foto que tú ya habías escondido bajo la alfombra de tu corteza cerebral, obligándote a rememorar un momento nostálgico o incluso doloroso? O simplemente que sales fea como una nevera por detrás. La respuesta es no. No la hay.

Si yo miro una foto mía, soy capaz de recordar cómo me sentía en esa etapa de mi vida. Lo que pensaba, si era feliz, incluso puedo ver, con la claridad que da el tiempo, qué me hacía sufrir en ese momento, aunque lo disimulara con la sonri-foto. La ventaja es que las puedes esconder en el ciberespacio o hacerlas desaparecer con un click, sin arrancarlas ni malgastar papel. Me quedo con las fotos de momentos agradables, con las sonrisas verdaderas y con las poses naturales. Porque no hay nada más natural, que salir mal en una foto. 

Hoy la vida te enseña que da igual si en papel o digitales, las fotos nos teletransportan al momento de ser tomadas, con sus luces y sombras, y que las mejores imágenes son las que viven en tu memoria, al menos mientras no se te vele el carrete.

3 comentarios:

  1. Mariaa😚 from Vegas 💲29 de noviembre de 2017, 9:13

    Uuuh that's so good my dear cousin. I love it, but i cannot compare 'cause i was born with a phone in my hand. But with your post i can understand a little bit better what you mean. Congraaats

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  2. Thanks a lot both for your support and nice comments :) So glad you like my blog.

    And cousin, I'm happy you're doing so well in the States. You'll never forget this experience. Many hugs and kisses!

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