miércoles, 11 de mayo de 2016

Llantera en libertad

Lloro. Lloro de pena y de rabia. Pena que siento de mí misma y rabia por ser como soy. ¿Por qué no puedo ser una persona normal y sin vueltas? ¿Qué es ese resorte que me hace saltar cuando la situación no me gusta o no sé cómo manejarla? ¿Sólo me pasa a mí o es algo que le pasa a más gente? No hay nada que desee con más fuerzas que levantarme un día y ser una persona completamente diferente. En todo. Empezar de cero. Hacer un reset mental que me lleve a vivir de nuevo sin toda la porquería que aún llevo en la mochila. Olvidar la sensación crónica de desamparo. El ansia por ser feliz a cada segundo. El desasosiego porque no se cumplan mis sueños. Olvidar los miedos irracionalmente fundados. En definitiva: ser libre.

Si lo pienso bien, sólo se es completamente libre una vez en la vida: cuando se nace. A partir de ahí estamos condicionados desde que el médico nos hace llorar pegándonos una palmada en el culo. “¿No lloras? Ahora vas a llorar”. Te plantan un nombre con más o menos acierto. De niño te obligan a comer cosas que no te gustan y te restringen las que te fascinan. ¿Qué hay de malo en comer macarrones con tomate? ¿Por qué las berzas tienen supremacía sobre ellos? Siempre he envidiado a los niños italianos… Alguien elige tu ropa hasta el instituto y cuando llegas a la Universidad aún no has tomado ni una decisión significativa en tu vida, salvo la carrera que quieres estudiar (a veces ni eso) o donde prefieres jugar al mus o tomar cañas. Aprovecha esta fase porque el día que entres en el mundo laboral pierdes una media de 8 a 12 horas de libertad diaria. Ya, si quieres cavar tu tumba libertaria, puedes firmar un crédito hipotecario a 40 años. Para cuando termines de pagarlo, el piso ya no te hará falta, porque ni te gusta ni el barrio es el que era, y algún día tendrás que meterte en una residencia a que, de nuevo, alguien te vista, te obligue a comer algo lejos de ser sabroso y tu sensación de desamparo alcance su punto álgido.
Todo son obligaciones e impedimentos para hacer realmente lo que nos gusta en la vida, como tocar la guitarra, ver pelis, salir a pasear, hacer cosas con tu churri. ¡Pero si no hay tiempo de nada! Qué estrés. Y qué lejos se pueden sentir dos personas que viven bajo el mismo techo. Cada una de un mundo, con actividades diferentes, con unas experiencias y maneras de ver la vida tan opuestas que apetece hacer una lista titulada “Cosas que me gustan de ti” y pegarla a la nevera con un imán-souvenir para no perder de vista la relación, más allá de compañeros de piso. 

La clave de la felicidad en pareja no es ningún misterio. La teoría me dice que consiste en vivir el momento y disfrutar de cada cosa que se haga, por insignificante que parezca. Pero ponerlo en práctica para mí, es más difícil que desenrollar los nudos de mis auriculares. ¿Por qué? Porque existen las expectativas. La ilusión de que las cosas sucedan como las imaginas en la mente. Las personas soñadoras y con una idea del amor que empalagaría a Corín Tellado, esperamos la sorpresa constante, la frase ideal, el regalo perfecto, la sonrisa en los labios, el abrazo donde perderse, el beso más apasionado y los ojos humedecidos de la emoción de saber que has encontrado al amor de tu vida. Cursi o no, es así, y claro, cuando no llega nada de eso, o no llega a tiempo, viene la decepción. A muchos hombres esto le sonará a ciencia ficción o a película de Jennifer Aniston. Pero las mujeres, como dice el libro, somos de Venus (aunque yo creo que soy de más para allá de Urano…) y la seducción forma parte de nuestro código genético. Por muy bien plantada, independiente, reafirmada en su soltería, etc. que sea una mujer, todas caemos rendidas ante un hombre que nos haga sentir amadas y especiales. ¿Y cómo se demuestra el amor? Ay, amigos. Millones de años de evolución y aún estamos así. Frases como “las mujeres sois raras”, “no sabéis lo que queréis”, “el romanticismo es cosa de películas americanas”, “los cuentos de hadas no existen”, etc. y puede que todo eso tenga parte de verdad. Pero a las féminas nos hace felices un post-it en el baño diciendo “te quiero”, unas flores, una escapada sorpresa de fin de semana, una cena romántica, una canción dedicada (aunque sea en el salón de casa y en zapatillas), o cualquier tontería del estilo que, sin tener ningún valor económico, diga a gritos: te quiero y deseo estar siempre contigo. Tened en cuenta que mi idea del amor verdadero es que tu pareja te ofrezca, sin titubear, el jugoso corazón de su tajada de sandía en un caluroso día de agosto.

Volviendo al planeta tierra y a las lágrimas sin consuelo. Los enfados y frustraciones son conflictos que tenemos con nosotros mismos, por lo que no podemos hacer responsables al prójimo. Ni siquiera porque se deje los calcetines en el suelo. No nos engañemos. Si la felicidad consistiera simplemente en hacer lo que he dicho en el párrafo anterior, ninguna pareja discutiría y todo sería de color rosa chicle, o no hubiéramos rechazado vilmente a aquellos pretendientes que un día pusieron el mundo a nuestros pies. Quizás, y sólo quizás, me haya saltado un pequeño detallito…: que uno no se deja querer por otro si no se quiere a sí mismo primero. En mi caso, nunca me he tenido en muy alta estima y sospecho que es ahí donde vive y reina la raíz de mi angustia vital. Yo lo tengo todo para ser feliz y, sin embargo, me resisto a que me quieran. No creo que merezca que me amen y por eso desconfío de quien lo hace sin esperar nada a cambio. Es increíble como los miedos y traumas del pasado no nos dejan avanzar en la vida y, aunque tozudamente nos neguemos a ello, hay que seguir adelante. Y si solos no podemos, pedimos ayuda. Que no nos de vergüenza caminar de la mano de alguien (o con alguna patadita en el culo para comprometerte). Al fin y al cabo, nunca dejamos de aprender y, además, estamos condenados a ser felices, queramos o no.


Hoy la vida te enseña que el amor y los mimos comienzan en uno mismo, y que resistirse a ser querido no tiene sentido. Seguiremos caminando y esperaremos a que el verano traiga sus frutas de temporada. 

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