martes, 16 de febrero de 2016

El Defecto Mariposa

¿Sabéis esa frase que dice: lo importante no es llegar, sino mantenerse? Yo, ahora sí. Antes no había reparado mucho en ella ni en su aplicación a la vida real. Pensaba que era para emprendedores de éxito que inventaron el Bitter Kas o los cacahuetes recubiertos de miel, a los que no les bastaba con llegar a ser famosos sino que, además, tendrían que aguantar el tipo y resistir haciéndose un hueco en el mercado. Digamos que una se pasa la vida anhelando algo y cuando por fin lo encuentra la única pregunta que se le pasa por la cabeza es: ¿y ahora qué? Pero no es en plan despectivo o quitándole valor, ni mucho menos. Es una duda que inunda la mente, como quien ve por primera vez el mar. Sabe que es grande. Lo encuentra precioso. Pero por las piernas hacia arriba le recorre un miedo pensando que, si no aprende a flotar, podría ahogarse entre sus olas.

De la misma forma suben las mariposas por la barriga cuando conoces a alguien especial. Sientes nervios por verle, por la intriga de saber cómo irá el próximo encuentro. Te maquillas con más esmero, intentas impresionar vistiendo bien (pero sin dejar notar que estuviste mucho tiempo delante del armario sin saber qué ponerte, mientras las manillas del reloj iban más rápido para reírse de ti). Llega el momento. Te aproximas al punto de encuentro y lo ves esperándote. Las mariposas del estómago suben y bajan hasta que se te aflojan las rodillas y tus pies hacen un esfuerzo adicional para no caer desde donde te has subido. ¡Ponte los tenis, presumida! – te gritan desde el suelo. Pero aunque toda la caballería de una peli del oeste te gritara a la vez, tú sólo tienes ojos y oídos para él. Te acercas y él abre los brazos mientras te dedica una amplia sonrisa. En ese momento deseas que se pare el mundo. Un abrazo, un beso, y un suspiro que sólo puede interpretarse como la paz que siente quien encuentra cobijo tras una noche fría y lluviosa. Luego, cogidos de la mano, del brazo o jugueteando con los dedos por las calles caminan hasta llegar a un sitio donde seguir mirándose. Perdón. Admirándose. Todos son caricias, miradas, sonrisas, palabras halagadoras. Síntomas inequívocos de primeras citas donde no hay cabida para fallos, defectos o reproches. 
Pero todo llega como llegan las rebajas de enero.

Las relaciones sentimentales de los adultos no pueden compararse a la de los jovencitos que comienzan sus noviazgos con quince o dieciséis años, en los que, a priori, tienen toda una vida por delante para conocerse y adaptarse el uno al otro. Se puede decir que estas parejas crecen juntas. Suelen ir al mismo instituto, salir en la misma pandilla, escuchar la misma música, ver las mismas pelis y sus padres acaban adoptando a la pareja de su retoño como un hijo más. En caso de que pases la treintena ya es un poco tarde para eso. Para alguien de esa edad, cada cita amorosa es equivalente a un año de esa pareja de chavales cuyo tiempo lo ocupa viendo una serie americana mientras come palomitas en el sofá de casa en vez de hacer los deberes de latín. (¿Se sigue dando latín? Bueno, o pretecnología o lo que sea que se estudie ahora). De modo que en un mes ya debes haber recopilado la información suficiente y haber sentido algo que te haga pensar que lo vuestro tiene futuro. Pero, ¿queremos un futuro juntos? ¿O seguimos estancados en vivir el presente y no complicarnos la existencia? Y si cada uno tiene su casa, ¿dónde vivimos? ¿Te vienes tú o me voy yo? ¿Queremos casarnos algún día? Es pronto, claro… pero… dentro de mucho tiempo, tampoco. ¿Hijos? Ah, perdón, que vamos muy rápido. Bueno, rápido era con veinte, ahora ya es que a este paso los vamos a tener que fabricar en una yogurtera…

Son tantas las ansias de ser feliz y alcanzar el equilibrio perfecto, que puede aparecer una cierta sensación de ahogo. Te gusta, pero te asusta. “En la vida hay que arriesgar” – piensas mientras das un sorbo al café. En tu pijama de invierno ya no luces tan estupenda como con ese vestido que te pusiste para vuestra primera cena romántica. Claro que él tampoco enamora recién levantado. ¿Conocéis a alguna pareja como la de los anuncios de cereales integrales? Con el frío que hace en las casas malagueñas dudo mucho que alguna duerma con un leve camisón o que alguno se levante con el torso desnudo marcando abdominales. No,  señores. La realidad es calcetines gordos y pelos revueltos. ¿Por qué luchar contra ello? Ser natural y poder sentirse cómodo crea confianza en la pareja. La televisión no trae más que frustraciones si comprobamos que nuestra vida cotidiana poco tiene que ver con mujeres que se levantan ya maquilladas y hombres con ropa interior a estrenar.

El cortejo en la pareja, como en todo el reino animal, dura el tiempo imprescindible para que los dos se den cuenta de que quieren estar juntos. A partir de ahí, en mi opinión, empieza el verdadero camino hacia el éxito. La convivencia puede ser maravillosa y llena de risas y momentos agradables, siempre y cuando haya un interés por parte de los dos. Querer pasar el mayor tiempo posible con tu persona favorita y que ella sienta lo mismo por ti es una sensación mucho más placentera que la incertidumbre inicial de no saber si lo vuestro durará o, si por el contrario, será efímero. Quizás los nervios en la barriga sean sólo síntoma de miedo ante lo desconocido, a no saber si seremos capaces de manejar la situación. Si es así, ¿por qué nos resistimos a que las mariposas se vayan? ¿No es mejor llenar el estómago de aire y expirar profundamente? ¿O acaso necesitamos el cortejo constante? ¿Esperamos seducción una vez seducidos?


Hoy la vida te enseña que si pretendes construir una relación sólida más vale despertar despeinados y abrazando, que mil mariposas volando. 

1 comentario:

  1. Me ha gustado mucho el artículo y estoy de acuerdo con lo que expones. Enhorabuena.

    Pienso que con el tiempo las mariposas se convierten en amor y ese enamoramiento le da normalidad a los despertares despeinados, sin torsos "Danone"... aunque siempre haya momentos para la seducción madura (no de edad, sino de convivencia) que da la confianza.

    La belleza exterior es efímera, desgraciadamente el tiempo es implacable con ella... pero la interior no sólo perdura sino que se puede mejorar con los años. ¡Bendita belleza interior!

    Otro tema es como se deben acelerar los tiempos cuando ya vas profundizando en la treintena... pero bueno, aunque no tengo experiencia en esto, supongo que siempre hay una mariposa (la más lista) que avisa que esa persona que tienes enfrente es suficientemente especial como para intentar pasar la vida con ella.

    ResponderEliminar