martes, 12 de enero de 2016

(Con) Trato Basura

Por todos es sabido que el mercado de trabajo en nuestros días no pasa por su mejor momento. De hecho, lleva décadas sin mejorar, y lo que es más, tiene toda la pinta de que vaya a peor. La cuestión no pasa porque no se creen puestos de trabajo, sino porque los que se crean son de mala calidad. Y aquí está el chiste. Las empresas, por miedo a que un trabajador no sea productivo pasado el tiempo, o simplemente quieren ahorrarse su sueldo cuando la producción baje, escogen la carta del contrato temporal. ¡Como si tener un contrato indefinido te permitiera jubilarte en dicha empresa! Sólo que es más papeleo y la empresa, hoy por hoy,  busca la rapidez, la eficacia y el hacerlo todo de manera inmediata. Hoy te quiero aquí, mañana no. Hoy eres un trabajador estupendo pero dentro de tres días tu puesto, de repente, ya no es necesario. Las organizaciones, en general, no son conscientes del importante papel que juegan en la sociedad. No sólo se trata de producir y vender. Se trata, además, de ser partícipes del bienestar de los ciudadanos, ofreciéndoles calidad de vida, un presente y un futuro. Nos quejamos de que los jóvenes viven con sus padres hasta una avanzada edad. No hablo de ni-nis devoradores de videojuegos y calienta-bancos del parque. Sino de gente preparada, con estudios, experiencia, aptitudes e ilusiones que, tristemente, sueñan con que, al menos, les ofrezcan un contrato temporal para llenar currículum y cotizar tímidamente a la Seguridad Social, aunque sean seis meses. Es una pena. Tras un año de trabajo, la empresa, forzada por ley, tiene que decidir si al empleado se le hace un contrato indefinido o si, por el contrario, se le manda a casa por el camino más corto. ¿Difícil decisión? Para nada. “Se va este y viene otro. Y si al próximo le podemos pagar menos, mucho mejor”. ¿Carrera profesional, dices? Eso ya es ciencia ficción.

Nadie se compromete con nadie. Vivimos en la época del no pillarse los dedos, del no morir por la boca, del si te he visto, no me acuerdo. Esto que, sin piedad ninguna, comento de las empresas, lo puedo aplicar al mundo de las relaciones personales sin que me tiemblen los dedos sobre las teclas. Veamos. Dos personas se conocen, se gustan y empiezan a salir firmando un contrato temporal amoroso. Al principio cada uno va un poco a su rollo. Incluso se puede tantear la posibilidad de frecuentar a otras personas (el equivalebte a echar cvs en otras empresas por si interesa más, pero sin soltar lo que tengo, aunque me sepa a poco). Tantear el terreno sería el período de prueba. Una vez superado éste, comienza el rodaje de verdad. Pasan los meses y todo va como la seda. Desaparece la idea de moverse de donde uno está. Se crea una situación cómoda y es agradable saber que tienes con quién ir a cenar, ver una peli en casa o ir a una boda sin que nadie se compadezca de ti. Pero, como todo en este mundo azul, tiene una fecha límite. El contrato temporal llega a su fin y hay que decidir si se disuelve o si se da un paso adelante. Generalmente, cuando este momento llega, uno de los individuos (ella, casi siempre), ya tiene la ilusión de que su amado se arme de valor para declararle su amor incondicional, y por fin, se comprometan a forjar un futuro, uno al lado del otro. Esto que suena muy cursi y anticuado, ha funcionado así desde que llueve para abajo. La chica sueña con que su caballero de reluciente armadura venga a buscarla en su corcel blanco. Antes, cada uno sabía cuál era su papel en el arte de amar: ellos conquistaban y ellas se dejaban conquistar. Fácil, ¿no? Pues ahora es: las chicas persiguen a los chicos y los chicos lo tienen tan fácil que pueden saltar de una a otra sin tener que ofrecer nada a cambio. O lo que es lo mismo, ¿para qué hacer un contrato indefinido si puedo renovar plantilla cada seis meses? Ley de oferta y demanda. Antes los hombres no se comían ni el agujero de un donut a menos que pasaran por la vicaría. Y si pegaban a la puerta de al lado, topaban con otra chica que tampoco se iba a dejar manosear sin una firme declaración de intenciones. Creo que eso es lo que quieren decir nuestras abuelas con la expresión “darse a valer”. Ahora ya vas a un bar o te bajas una aplicación para el móvil y tienes un plantel de caras (algunas con cuerpo) para elegir con quién pasar esta noche. Luego nos quejamos de que nadie quiere un compromiso, de que no encontramos a nuestra media naranja, de que tener hijos está a años luz para gente rozando los cuarenta… ¿Cómo hemos llegado a ser tan frívolos? ¡Ojo! Líbreme el espíritu del Gran César de defender la virginidad hasta el matrimonio o de no disfrutar de los placeres de la carne cuando a uno mejor le plazca. Pero considero que, a veces, perdemos de vista el porqué de las cosas y nos sorprendemos cuando, de pronto, alguien nos echa de su vida o nos echan de un trabajo. La razón es que, a pesar de ser un espécimen válido, se nos desecha en ocasiones, simplemente porque nos hemos vuelto intercambiables cual cromos de Panini. Siempre va a haber algún parado que trabaje en peores condiciones y siempre va a haber otra vaca en la dehesa. Y si encima te da la leche gratis, ¿para qué comprar el animal entero?


Hoy, la vida te enseña que el largo plazo está pasado de moda. Ahora se lleva el usar y tirar. El aquí y el ahora. Me niego. Reivindico las relaciones duraderas, tanto las laborales como las personales porque, de otra manera, estamos abocados a llegar a los cuarenta parados y solos como la una. Pero eso sí, con una agenda de contactos como las Páginas Amarillas. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario