lunes, 21 de diciembre de 2015

V de Veleta

No puedo respirar. Siento un nudo en la garganta. Me ahogo. Tengo el pulso acelerado y empiezo a hiperventilar. Es la sensación de estar desprotegida, sin amparo ni consuelo. Nadie me comprende. Quiero estar sola. Me voy a mi casa. Ya he llegado. Estoy a salvo.

Si tuviera que hacer la cuenta de todas las veces que esos pensamientos han atormentado mi mente, perdería un día completo de mi extraña vida. Hoy los he vuelto a tener. Veinte minutos que se han hecho eternos sin poder dejar de preguntarme qué pasa conmigo y por qué soy tan sumamente idiota. Es cierto que me faltaba el aire y que mi cuerpo se empapaba de sudor a medida que andaba, y no sólo por el hecho de que hace un calor inusual para el mes de diciembre. Es porque sé que lo estoy haciendo mal. De nuevo mi clásico sabotaje me sirve de escudo para no enfrentarme a lo que de tanto tiempo llevo huyendo: a mí misma.

Hasta ahora, sólo los pertenecientes a mi círculo de confianza han soportado con mucha paciencia y toneladas de cariño, mi mal humor, mi genio indomable y mis ganas infinitas de discutir e imponer mis ideas (e incluso, mi voluntad). Mi familia y mis amigos saben cómo soy y no quieren hacerme daño apuntando con el dedo aquellas actitudes que no me benefician. Sobre todo, porque cuando lo han hecho yo he montado en cólera y me ha costado más de una llantina. Pero, ¿a quién le gusta que le digan lo malo de uno mismo? A mí me provoca profunda vergüenza ver cómo alguien a quien quiero señala mis defectos y complejos que viven dentro de mí. La razón es muy simple: yo también lo pienso. No hay nada nuevo en una crítica que se haga hacia mi persona, puesto que soy consciente de mi cara b, de ese lado oscuro que trato por todos los medios de esconder y que, irremediablemente, acaba saliendo.

“La gente te tiene miedo y por eso no te dice las cosas a la cara. No te quiere ver enfadada y prefieren no discutir contigo. Estás acostumbrada a que nadie te tosa”.  -  Uf. Duro. Muy duro. Tan duro como sorprendente para mí, que no haya querido ocultar mi lado feo al dueño de esas palabras que tanto se me han clavado. En tan poco tiempo que llevamos conociéndonos ya me he mostrado como soy. Sin tapujos y con los traumas al aire. Eso sólo puede significar una cosa: esto es algo. Algo grande y novedoso. Siempre he usado, de una manera inconsciente (no soy tan malvada), mi ser más despiadado y grosero cuando quería salir de una situación emocional, la cual no podía estirarse más. Requería un gran desgaste mental, pero pensaba que era más fácil disolver una relación insostenible que afrontar mi pensamiento sincero de “esta persona no es lo que busco. Díselo y acaba con esto”.

En esta ocasión es diferente. Quizás he sacado muy rápido mis sapos y culebras a pasear como llamada de auxilio a un SEPRONA emocional, con la intención de que vengan a por ellos de una vez. O porque desde el primer contacto supe que es la persona que llevo esperando tantos años a que venga a sacarme de la oscuridad. Si Platón me hubiera conocido, la Alegoría de la Caverna, se llamaría el Mito de Suchiqui. No hay nadie a quien le dé más miedo el mundo de la luz que a mí. Dentro de mi mente, yo creo mi mundo, manejo las sombras, juego con los sonidos y disfruto imaginando lo que habrá fuera. Salir de mi universo y enfrentarme a un mundo aburrido, sin imaginación, donde hay que aceptar la realidad tal y como es, sin vueltas, ni dramas, ni exageraciones, siempre me ha creado un rechazo absoluto.

Sin embargo, dentro de mi oscuridad sólo estoy yo, y ese el problema real que crea mi desasosiego. Nunca he dejado que nadie entre. Soy hija única y no comparto mis juguetes ni cambio mi forma de jugar por nadie.  Soy yo la que sale a la puerta a relacionarme con el mundo cuando a mí me apetece. Pero, ¿y si alguien se ha colado en mi vida y sabe lo que estoy pasando porque ya lo ha vivido? De otra forma no podría saber lo que yo siento. Me mira y me traspasa. Ve dentro de mí. Nunca antes había tenido esta sensación y me abruma. La pereza, la comodidad y mi propia obstinación han hecho que no haya tenido la intención real de salir al mundo de luz. Una gran desconfianza invade mi alma y me siento vulnerable. Si salgo me pueden hacer daño. Pero si no salgo, me voy a perder aquellas experiencias que mi caverna no me ofrece, y con las que toda mi vida he fantaseado.


Hoy la vida te enseña que hasta para ser feliz hay que valer. Así que lo voy a hacer. Voy a salir de la oscuridad, porque allí donde no quiero ir, está mi tesoro. 

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