viernes, 16 de enero de 2015

La juerga del destino

Tras un descanso vacacional con motivo de las fiestas navideñas, es hora de dejar de poner excusas y retomar la actividad diaria. Sin duda, aún tengo resaca de comilonas, licores variados, sobredosis de roscón de reyes y estrés provocado por las compras de última hora. En el día de Reyes del año pasado declaré abiertamente a mi círculo de confianza el top-cinco de mis propósitos para el 2014. Sin embargo, a las alturas de enero en que nos encontramos, aún no he hecho mi lista para este año. Mi profesor de alemán nos ha pedido que la hagamos para practicar la expresión escrita, así que, como cuesta menos trabajo escribir algo real que algo inventado, la haré en breve. Pero esta vez no seré tan ambiciosa proponiéndome objetivos. Cada año deseo que pasen cosas maravillosas que cambien mi vida. Esos acontecimientos que uno imagina cuando sueña despierto: el trabajo de tu vida, el compromiso con la persona amada, que tu familia y amigos siempre estén contigo… La típica estampa de la casita con porche, jardín, niños rubios de ojos verdes, marido ideal y coche familiar, donde incluso al perro le brilla la melena. Aunque, quién sabe, quizás no se cumplieron porque no era el momento y el destino lo tiene en su bandeja de salida para el presente 2015, nunca se sabe. Pero no creo. Hay cosas que le suceden a los demás, pero a mí no. Al menos no como me gustaría. 

Este año voy a ser más cauta y pediré cosas más concretas para que los astros o lo que sea que maneje el cotarro no se equivoque. Es un dicho muy cierto el que dice que hay tener cuidado con lo que se desea, porque puede hacerse realidad. Y tiene sentido. Por ejemplo, deseas un trabajo con todas tus fuerzas cuando estás mano sobre mano, y no te suena el teléfono. Pero si tienes algo en mente, algún plan, un proyecto, un viaje, etc. será tomar la decisión y que te llamen de algo que no estará relacionado con tu profesión. Pero no importa, porque está genial, y más en estos tiempos, que hay que ir allá donde esté el trabajo. Cuando estás acoplado en tu nuevo trabajo, te sale algo de lo tuyo o que parece mejor y, de nuevo, la incertidumbre de qué hacer. Si dejar lo que te salvó de una situación mala o emprender otro camino sin tener claro si tiene proyección de futuro. ¿Y por qué no llegó en primer lugar esta oportunidad? – Te preguntas con cierta indignación. El destino, si es quien mueve los hilos, te mira y te dice: “¿no querías un trabajo? Pues eso te di. Si es que no te viene nada bien”.

Y es que no basta con que las cosas lleguen. Tienen que llegar en el momento perfecto. Da mucha rabia que algo que anhelabas y en la que concentrabas todas tus fuerzas llegue a destiempo. Ese “ahora es tarde”, como diría la copla, produce una sensación de rabia e impotencia que hace que el hecho retumbe en tu cabeza sin poder volver al pasado. Todo en la vida tiene fecha de caducidad. Así lo creo yo. Las emociones, los sentimientos o el éxito no son excepciones, también caducan. No vale que la persona a la que has amado durante mucho tiempo pudiera darte la vida que a ti te hubiera gustado cuando ya no estáis juntos. Igual que no sería justo que un amor del pasado llegase a tu vida un año después para pedirte matrimonio. O que tu ex pareja siempre hubiera sido un desastre y cuando por fin se endereza, ya no tiene cabida en tu mundo. O esa beca o trabajo que hace tiempo te hubiera hecho la persona más feliz del globo, pero ya has movido ficha. 

Quiero pensar que si las cosas no pasan en el momento en que deseamos que ocurran, es porque un poco más adelante nos espera algo en el camino que nos conviene más. También el hecho de que no lo tengamos todo tan fácil viene bien, porque a veces nos cegamos y nos empeñamos en que algo ocurra a la voz de ya, incluso sin haberlo pensado mucho, sólo por pura impulsividad. La paciencia es la madre de la ciencia. Eso dicen. Yo el día que dieron la paciencia me quedé en los columpios y carezco de ella. Aunque con los años creo que voy teniendo un poco más. Son tantas las situaciones en que he sentido la rabia de que no salgan las cosas como yo quiero (la mayoría de la veces) que me faltaría blog para contarlas. Pero debo decir que son más los casos en que, tiempo después, me alegré de que se truncara la historia, porque de otra manera no hubiera podido vivir experiencias enriquecedoras o conocer a gente estupenda que sí que estaba en el sitio y en el momento adecuado.

Pero si algo he aprendido sobre las frustraciones y todo aquello que no nos sale cuando queremos, es que, aunque sea un tópico, la vida da muchas vueltas y lo que tiene que pasar, acaba pasando. Por eso nunca hay que tirar la toalla. Tenemos el derecho a llorar de rabia, a sentirnos mal y gritar “¿por qué?”. Pero a la semana (como máximo), hay que secarse las lágrimas, ponerse de pie y sacar partido a esa nueva situación, que no es la que deseábamos, pero que seguro esconde una experiencia, un aprendizaje y probablemente nos provocará más de un buen rato. Respecto a lo que dejamos atrás, o simplemente, un poco más lejos, por tomar decisiones en pos de alcanzar las metas personales, si realmente merece la pena y tiene que volver a nuestra vida, volverá. Y lo hará con más fuerzas y más ganas, porque el tiempo y la distancia ayudan a madurar y a meditar lo que uno realmente quiere. No porque lo diga el destino, el karma o los dioses del Olympo, sino porque cuando se encuentra algo o a alguien valioso, no podemos dejar que se escape de nuestra vida.
       
Hoy la vida te enseña que hay situaciones que nos parecen injustas y de cuyo auténtico sentido sólo conoceremos con el paso del tiempo, y que la historia puede repetirse en el futuro, esta vez en el momento justo. 

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