lunes, 22 de diciembre de 2014

Desmaquilla antes de Navidad

Ya lo decía Pablo Milanés: el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos. Sin embargo, a pesar de que pasan los años yo me siento joven y marchosa como cuando tenía diez años menos. Por algo será que me echan siempre menos edad de la que tengo. ¿Por qué? ¿Pacto con el diablo? ¿Duermo en alcohol? No. He llegado a la conclusión de que dos cosas te hacen sentir mayor: los hijos y los amigos que se han hecho mayores (en la mayoría de los casos porque tienen hijos). Las salidas y las fiestas no son lo que era. Veamos un ejemplo:

Sábado noche tras una reunión de amigos con motivo pre-navideño. Sólo son las dos y ya estás en casa. Sobria y preguntándote por qué te has arreglado tanto. Mientras los demás se acurrucan junto a sus parejas (o su cama es invadida por sus vástagos), a ti te acompaña el eco de tus tacones por el pasillo. La ropa que llevas puesta va de nuevo al armario. Sigue limpia. No es como hace años, que olía a tabaco, a sudor de pasar horas bailando, con salpicones de cubata tras ser empujada por la gente en un bar… Esto ha cambiado mucho. Antes había cervecitas previas, copas sin mesura, e incluso “la penúltima” en un garito a punto de cerrar o en casa de algún buen samaritano con ganas de juerga. Ahora es una cervecita antes de comer y vino durante la cena. Ni pelotazos, ni juegos, ni carcajadas, ni frutos secos siendo engullidos por los huecos del sofá… ni siquiera tratamos de arreglar el mundo. Ahora nos interesamos someramente por la vida de los demás, nos quejamos de la situación del país con resignación, hablamos de cómo está la comida y de qué llevan los platos, estamos pendientes al móvil constantemente como si tuviéramos más ganas de estar en otro sitio que en el que nos encontramos… Y cuando las preguntas se acaban y terminamos el postre, se suceden bostezos y signos claros de somnolencia que indican el final de la velada. Aparece un cartel imaginario que se ilumina intermitentemente con el mensaje “ya hemos cumplido, ahora sigamos cada uno con su vida”.

Te pones el pijama, te plantas el moño a lo cavernícola y mientras retiras de tu cara el maquillaje que con tanta ilusión te pusiste horas atrás, piensas: todo a mi alrededor cambia y yo sigo estática. Algunos de tus amigos se han casado, otros ya tienen hijos, otros con una buena carrera profesional, otros se han marchado y tienen su vida en el extranjero… y tú sigues con ganas de bailar en una discoteca hasta que se enciendan las luces y pongan el “vamos a la cama”. Esto está motivado, naturalmente. Y es que hace diez años tenía los amigos que tengo ahora (amigos, no conocidos), tenía mi carrera hecha, me había independizado y tenía un trabajo fijo. Tenía tantas ganas de comerme el mundo que nunca me conformé con nada y siempre quería más. Hoy tengo una segunda carrera, me defiendo en cinco idiomas, he acumulado vivencias, relaciones fallidas y no mucha más experiencia profesional. Pero aquí sigo, tras muchas vueltas he acabado en el mismo lugar donde me crié, con mis películas, mi música y mis pensamientos recurrentes que me hacen preguntarme una y otra vez: ¿qué he hecho mal? ¿En qué momento del camino me perdí? Tampoco sé si me he perdido o si ahora estoy más encontrada que nunca al darme cuenta de lo que pasa a mi alrededor y de que tengo la misma vida que hace años porque mientras disfrutaba de mi juventud al máximo y me subía en todos los trenes, me iba alejando de lo que ahora querría tener y no tengo.

Esta semana es Navidad. Encima. Como si tuviera pocos motivos para atormentarme, como puedan ser mi soledad, mi situación de desempleada y mis líneas de expresión, sino que además hemos llegado a la última página del calendario. Un momento en el que toca hacer balance de los propósitos que tenía para este año que se acaba. De cinco que me planteé, he cumplido tres. Pero el de encontrar trabajo me duró solo cinco meses, así que cuenta como medio. Se puede decir que he logrado sólo aquello que dependía exclusivamente de mí, en otros aspectos existían elementos externos que escapaban a mi control. Ahora tendré que reciclar propósitos para el año próximo. Es como la bici que toda mi infancia pedí a los Reyes Magos y que nunca me trajeron so pretexto de que vivía en un cuarto sin ascensor y pesaba mucho para subírmela. Pero yo me preguntaba: ¿entre los tres Reyes Magos no podían subir una bici de niña? Nunca lo llegué a comprender, pero seguro que me ahorré caídas y moratones.

La Navidad es, para muchos adultos, algo así como lo que es para mí ir al gimnasio: doloroso e innecesario. Yo siempre he dicho que estas fechas son para los niños. Ellos tienen mucha ilusión y entiendo que los padres disfruten viendo a sus hijos vestidos de pastorcillos o descubriendo los regalos la mañana de Reyes. Pero para los que estamos ya un poco más gansos, esto se convierte en un no parar de comer, un gasto económico y entrar en una inercia de rituales en la cual nos vemos obligados a participar. Innecesario, decía, porque a la mayoría no nos supone un aumento de nuestra felicidad; y doloroso, porque a casi todos (y cada año que pasa, más) nos faltan seres queridos que dejan una silla vacía en las comidas familiares. Se les recuerda, por supuesto, y se pasa mal. Tengo muchos conocidos que son de mi misma opinión, pero aún así acabamos cayendo en la celebración, en el turrón, en el pavo, en el intercambio forzado de regalos y en el sollozo por pensar en los que ya no están. Para quienes cada Navidad es una fotocopia del año anterior, no supone ninguna tristeza no hacer nada especial. ¿Dónde está escrito que haya que hacerlo y además pasárselo bien? Naturalmente para los creyentes es una fecha importante, al festejar el nacimiento de Jesucristo. Pero para los que estamos al margen de la religión, ¿qué es lo que hay que celebrar? ¿Una dieta hipercalórica? ¿Un impulso a la economía? ¿Un tributo a El Corte Inglés? Si quieres reunir a toda la familia, cualquier momento es bueno (siempre que haya interés). Si quieres hacer un regalo a un ser querido, hazlo un día en que no dé por hecho que va a recibir algo, y si quieres irte de fiesta hasta las 7 de la mañana y luego comerte unos churros, hazlo mañana mismo. Una cosa son las tradiciones y otra las imposiciones que nosotros mismos creamos por seguir la marcha de esta sociedad borreguil y superficial, adornada con espumillón y luces de colores, donde la máxima es vendernos aparatos para comunicarnos mejor cuando, en realidad, no nos importa un comino lo que otra persona diga o sienta.

Así que no, no estoy contenta de que sea Navidad. Ni de hacer determinadas cosas porque en un almanaque vengan unos días en rojo. Ni de que el año se acabe sin haber conseguido todos mis objetivos y aún así tenga que despedirlo de la mejor manera. Ni de que las reuniones de amigos ya no son lo que eran porque cada uno está muy ocupado en su propia vida mientras tú te rompes la cabeza para encontrar la manera de reinventar la tuya.

Hoy la vida te enseña que las navidades no son sinónimo de alegría para todos y que, definitivamente, no funcionan como un gimnasio, porque no es tan fácil borrarse.


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