jueves, 11 de diciembre de 2014

Contigo, pan y sin joya

Retomando las tres cosas que se supone que todos debemos tener para ser felices como perdices, vamos a ver de qué manera tener trabajo hace de anclaje cuando de una historia sentimental se trata. No es casualidad que todas las madres históricamente han deseado para sus retoños que se echen una pareja “bien posicionada”. Un eufemismo para expresar el deseo de que su hija pudiera tener las espaldas cubiertas en caso de que ocurriera algún imprevisto y, por qué no, para vivir acomodadamente. Pero no sólo bastaba con que tuviera dinero el susodicho, además debía ser bien parecido (nadie quiere un yerno feucho) y con una altura suficiente como para que ella no lo sobrepase al calzarse unos tacones. Lo que viene siendo “alto, guapo y con dinero”.
 
Habrá quien dedique su etapa de casadera a la caza y captura de este prototipo de novio ideal salido de una película de Sarah Jessica Parker. Pero el resto de los mortales nos dejamos guiar por nuestros sentimientos y no analizamos el curriculum vitae, la cuenta corriente o el historial médico cuando nos enamoramos de alguien. De ser así, el 92% de la población estaría condenada a morir soltera. Lo de salir con alguien con poderío económico (un braguetazo de toda la vida) también tiene sus riesgos. Si tú eres quien está sin un duro, siempre pesará sobre ti la duda de si estás con él por amor o por amor a su dinero. Cargarás, además con esa suegra que te enfila y que te ve como un ave de rapiña que no merece estar con su exitoso hijo. Es así, lo que para una familia es un golpe de suerte, para otra es un “él vale más que ella”.
 
Al principio de una relación todo es de color de rosa. La persona con la que empezamos a salir nos parece la más maravillosa del mundo. Sin fallos. Parece increíble que hayas encontrado a alguien tan perfecto para ti. Vemos ventajas en todos los aspectos: su trabajo, su edad, su estado civil, su familia y amigos… A medida que van pasando los meses, las dos personas tratan de hacer encajar sus vidas y se van dando cuenta de los obstáculos que existen para tener una relación duradera. Los factores que más la entorpecen son, a mi modo de ver, la falta de cosas en común y la distancia. Nunca he sabido encontrarle el sentido a una relación sentimental donde cada uno de los miembros de la pareja pasa la mayor parte de su tiempo libre realizando actividades que no comparte con la otra persona. A uno le gusta la música, tocar algún instrumento y salir a bailar; al otro le gusta jugar a los videojuegos, jugar al pádel con sus amigos y, para colmo, es totalmente arrítmico.
 
De primeras nadie se molesta. “Es importante que cada uno siga con lo que le gusta”. Sí, pero, ¿dónde está el límite? Cuando te quieres dar cuenta se pasa la semana y lo más que hacéis juntos es cenar frente a la tele y compartir colchón. Es importante realizar actividades que agraden a los dos. Pero, como todo, cuesta dinero. Salir a tomar algo, a cenar, de visita algún sitio, apuntarse a un gimnasio… a menos que hagas como yo, y salgas a pasear con tu botellita de agua en la mochila, poner los pies fuera de casa es sinónimo de rascarse el bolsillo. Quedarse en la casa es una opción, claro que sí. Pero por muy a gusto que se esté viendo pelis o jugando a “deportes de interior”, hay que salir a airearse. No es bueno estar encerrados mucho tiempo porque siempre uno de los dos quieres salir y, si al otro no le apetece, surgen roces.  Y si es por la falta de dinero, mucho más.
 
El segundo factor que más entorpece una relación es, sin duda, la distancia. Yo, que tengo un máster en este tema, lo puedo afirmar. La distancia entre dos personas que forman una pareja se puede llevar si: primero, es algo temporal con una fecha de reencuentro prevista. Segundo, si hay dinerito para verse mientras dure la separación. La voluntad de seguir juntos, el cariño, el respeto, la confianza, la paciencia, la ilusión… todo esto me lo salto porque lo doy por hecho. De otra forma, no tendría ningún sentido estar “juntos separados”. Se dice que hoy en día no hay distancia. Sí la hay, pero con dinero se acorta. Los viajes y las estancias son costosos, conformando así un añadido a la situación agónica de estar lejos de la persona amada. Lo ideal a mi entender es que, si uno es desplazado por motivos laborales y el otro no trabaja (caso que hoy en día no es muy difícil de encontrar), el pobre que está ocioso haga el petate y se vaya con él. Pero volvemos a lo mismo, siempre y cuando el desplazado gane suficiente para mantener a los dos allá donde vaya.
 
Y es que hasta para amar hace falta trabajar. ¿Cómo se supone que una pareja intenta dar un paso adelante en su relación si no tienen dinero? No pueden costearse un alquiler ni todos los gastos que acarrea una casa. No pueden celebrar una boda como les gustaría. Ni siquiera hay para el anillo de compromiso. Bueno, en este caso, y para salir del paso, valdría un anillo simbólico, no tiene que ser oro de veintisiete quilates. Pero hay quien no tiene ni para un arito de cebolla… Regalos de Navidad, de cumpleaños, de porque hoy es hoy. ¿Qué pasa con esos momentos si estás sin blanca? Y me dejo el capítulo de los hijos para cuando esté más maduro el blog. En fin, a ciertas edades uno se frustra por no tener la vida que esperaba tener, y el sentimiento se agrava si topa con gente que está peor que uno. Qué desasosiego.
 
Hoy la vida te enseña que hasta el amor es consumista y que querer no es suficiente si la pobreza entra por la puerta. Esperemos que el trabajo sepa cerrar la ventana.

 

3 comentarios:

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  2. Ay amiga mía! Cuánta razón tienes... Si es que hasta para tener una relación sentimental satisfactoria hace falta dinero... Yo no me puedo quejar porque en mi caso, es mi pareja la que paga casi todos los pequeños "lujitos" que nos damos, que son tomarnos cuatro cañas y dos tapas mensuales en el bar "Hnos. Parejo" y un cine trimestral con las palomitas ya hechas de casa. Y no se trata de tacañería, no, que a mí me encanta gastar, se trata de que no tengo un puto duro para colaborar con la cadena del consumismo: yo me gasto mi dinero en tu comercio, tú pides más género a tu proveedor, éste al suyo y el último de la cadena vuelve al comercio del principio, ¿no? Pero claro, dadas las circunstancias, me aguanto las ganas de marisco fresco y le digo a mi pareja: "no te preocupes cariño, nos compramos unas cervecitas en el mercadona y nos las tomamos en casita", cuando lo que realmente quiero decir es: "vamos a cenar fuera, a comernos un chuletón de medio kilo acompañado de un buen vino y luego nos pegamos un baile al ritmo de cinco o seis rones con coca-cola". Pero claro, cómo yo soy la mantenida pues me callo y ojo! no porque no quiera trabajar, más bien porque parece no existir un puñetero agujero en este planeta que tenga la mínima intención de tenerme como empleada, que sólo me falta imprimir mi currículum en una camiseta y pasearme por toda Málaga... En fin, y terminando ya con esta reflexión, lo único que nos queda según decía un hombre al que yo considero un sabio de la vida, es follar (y perdón por lo vulgar de la palabra), porque señores y señoras, follar es de pobres, aunque dada la situación ni ganas le quedan a una...

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